viernes, 4 de noviembre de 2011

04/11/2011 MICHOACÁN (DÍA DE MUERTOS)

El día de muertos me fascinó. Viajar por pueblecitos purépechas (nombre de la lengua indígena que aquí se habla) tradicionales de todo el estado de Michoacán con una clase de arquitectura ─con las explicaciones de todos los monumentos que ello conlleva─, me ha hecho aprender muchísimo.

Reunión de los estudiantes de intercambio

La semana comenzaba con una reunión para los alumnos de intercambio. El martes a las 14:00 horas nos esperaban unas carpas montadas por la Dirección General de Cooperación e Internacionalización (DGCI) frente a los frontones 4 y 5 de Ciudad Universitaria (frente a la Facultad de Contaduría y Administración). Fue una muy buena ocasión para platicar con gente de todas las partes del mundo, disfrutar de unos juegos y actividades típicas y comer unas tortas. Además, para sorpresa de todos, nos entregaron las esperadas (y por momentos utópicas) credenciales. El 25 de octubre éramos oficialmente estudiantes de la UNAM (el 26 de noviembre terminan las clases de reposición, para recuperar los días perdidos por puentes y demás), aunque todavía tenemos problemas para sacar libros de la Biblioteca.

Al día siguiente pasó algo que era normal: comí algo que no me sentó del todo bien. Así que, después de clase, me acerqué a Servicios Médicos de la UNAM (frente a la Facultad de Arquitectura). No estaba enfermo, pero quería estar bien para el examen que debía hacer ese mismo viernes ─digo “debía hacer” porque finalmente no lo hice─ y para el puente de muertos. Aquí me pusieron una inyección y me dieron cita para el día siguiente, donde el doctor me recetó Penamox (amoxicilina): tres cápsulas diarias durante ocho días. Me trataron muy bien, tenía cita a las 17:00 horas y debía ir media hora antes para medirme, pesarme (he adelgazado 8 kg.), tomarme la temperatura, la tensión, el pulso, etc. El doctor, muy puntual, me hizo pasar a su pequeño cubículo, donde me preguntó por todo lo que había comido hasta la fecha. Al parecer unos tacos en la calle fue la causa de que una bacteria se instalara en mi estómago. Con el medicamento no habría pedo (problema); a los dos días, tras comer arroz blanco y pechuga de pollo a la plancha, estaba perfectamente. Aunque no para hacer el examen. El jueves en la clase de Literatura Española Medieval intentaron darnos un aviso. No obstante, la profesora es muy estricta y no permite que entre alguien a mitad. Más tarde, en la Biblioteca Central, mientras preparaba el examen para el día siguiente, me di cuenta de lo que quería decirnos aquel chico: había muerto un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras e iban a llevar a cabo una marcha en su recuerdo. De este modo, a últimas horas del día, a través de las redes sociales corrió la noticia de que la facultad permanecería cerrada al día siguiente.

Inauguración de las ofrendas a Borges en la UNAM
Así pues, el viernes tuve tiempo para preparar la maleta y dar una vuelta por las ofrendas dedicadas a Jorge Luis Borges que había en las islas (campus central) de Ciudad Universitaria. Cada año rinden culto a un fallecido relevante, el año pasado el protagonista era Edgar Allan Poe, y este el escritor argentino. Cada facultad, grupo o asociación preparaba los últimos detalles de los coloridos altares que se inauguraban aquella misma tarde. La música y el olor a mirra inundaba cada recoveco de la hoy especial universidad. Las catrinas y los múltiples y variados disfraces desfilaban gustosamente fotografiándose con todos los que así lo querían. Resultaba muy especial ver a tanta gente disfrutando mientras celebraba el regreso de los difuntos. Los mexicanos son muy creyentes, y este día es muy especial para ellos. Todo esto lo viviría de una manera mucho más tradicional en Patzcuaro (ciudad colonial del estado de Michoacán).
Itinerario del viaje

Disculpen la incoherencia en el texto, pero es la quinta vez que se apaga mi laptop (como llaman aquí al ordenador portátil) y debo escribir el texto una y otra vez, pues rara vez lo recupera íntegro o lo guardo con anticipación. Espero que aguante a España, pues quedarme aquí sin tal herramienta sería un problema.

Amanecer en Cuitzeo
A las 22:30, con treinta minutos de reraso por una manifestación que frenaba el tráfico en Avenida Insurgentes (una de las principales arterias de DF), llegaba el camión que nos llevaría a todos los lugares en aquellos cinco días. -En esta cultura, llegar tarde no es insólito; la sociedad, en lugar de decir por ejemplo, "quedamos a las 17:00", dice "nos vemos sobre las 17:00", porque las distancias y los problemas no siempre te ayudan con tus objetivos- Iba a ir con unos estudiantes de Arquitectura: pues una amiga de la Facultad de Filosofía y Letras que estudia Historia y está centrando su tesis en Historia del Arte (por lo que toma clases en tal facultad), me invitó a acompañarla. El examen del viernes me impedía seguir a mis amigos españoles, pues ellos en un principio marcharían el jueves. De este modo, viajar con los arquitectos era una muy buena oportunidad de visitar los mismos lugares que me planteé desde un primer momento, entre ellos el lago de Patzcuaro para vivir la esperada noche de muertos con la tradicional población del estado de Michoacán. Además, las pláticas y explicaciones del profesor Guízar, que nos acompañaría en todo momento, enriquecieron mi bagaje cultural. El precio inicial del viaje eran 1650 pesos (unos 100 euros), pero nos me encontré con un problema al subir al autobús: había más alumnos que asientos, por lo que tuve que viajar en el pasillo. Debido a esto, el precio descendió a 1000 pesos (60 euros), incluyendo los mismos servicios (transporte, alojamiento y visitas a todos los lugares). No me importó viajar tumbado durante las 5 horas que tardamos en llegar a Yuririapúndaro, el primero de nuestros destinos, pues concilié el sueño rápidamente y se me hizo muy corto el viaje. Les adjunto una foto del itinerario tal y como el profesor-guía lo confeccionó, aunque (como dice en la parte de abajo) estaba sujeto a cambios por imprevistos (que los habría como buen estado de México en el que nos encontrábamos).

Centro histórico de Morelia, con la catedral al fondo

Desayuné jugo de zanahoria y naranja, y una torta “casera” de pechuga de pollo. Digo “casera” porque compré unas pechugas de la carnicería del mercado y un pan casero a una señora que las vendía en una cesta y el de la taquería me asó las primeras en la plancha donde cocinaba los huaraches (tacos enormes) que mis compañeros tomaron. No me atreví a comer a las 8:00 esa comida tan pesada por mi reciente mal de estómago. La hospitalidad de la gente me permitió cambiar el menú. Ya con fuerzas, pudimos disfrutar de la visita al convento de Yuririapúndaro y de Cuitzeo, dos ciudades muy cercanas a Morelia, donde nos alojaríamos las cuatro noches siguientes. Tras instalarnos en las cuádruples habitaciones del Hotel San Miguel *** (muy céntrico), comimos en la antigua Valladolid (hoy Morelia). Un caldo de pollo y unas corundas (comida típica de Michoacán, basada en masa de maíz, muy parecidas a los tamales) fue mi elección en los portales del centro histórico. Tras atardecer, el guía nos enseñó la bella ciudad de noche, con las numerosas catedrales (al igual que Puebla) iluminadas. Tristemente, según nos explicaban, el turismo había descendido muchísimo en Michoacán debido a la mala fama que las noticias le habían impuesto. Esto, sin embargo, nos permitió desplazarnos con mucha facilidad. Morelia está construida como una mesa, con descensos en los laterales para que corra el agua en la época de lluvias (que felizmente terminó este mes de octubre). Además del antiguo nombre (Valladolid), es un lugar muy parecido a España. Vasco de Quiroga, un clérigo gallego que llegó a México con los conquistadores (en el siglo XVI), llevó a cabo la financiación de conventos, hospitales, catedrales e iglesias por todo el estado. De ahí que en cada plaza se alce una estatua de este conocidísimo personaje.

Callejón del romance
Al llegar al Callejón del Romance, una estrecha callejuela con poemas de amor a ambos lados donde los enamorados pasean entre los decorados antros escuchando música en vivo, nos sentamos en una terracita junto al famoso acueducto para cenar unas quesadillas. Cuando cae la noche, la temperatura hace lo mismo de forma considerable, por lo que hicimos bien el llevar una buena chamarra (chaqueta).

Acueducto y estatua emblemática de Morelia
Maquinaria del Museo del dulce
Después de descansar en una comodísima cama, el domingo por la mañana visitamos y recorrimos todos los edificios de Morelia, con su correspondiente explicación académica, por lo que puedo decir que conozco esta Valladolid como la palma de mi mano. Esto no hubiera sido posible sin un buen desayuno. Esta vez fuimos al Mercado de San Juan, a cinco cuadras del hotel. El jugo de naranja, el consomé y las quesadillas del tamaño de África me dieron energía para caminar hasta el Museo del Dulce. En este antiguo convento de monjas se fabricaban artesanalmente los dulces más famosos de Michoacán. Por 17 pesos (un euros), 12 con credencial de la UNAM (esta credencial es una joya), proyectaron un video muy interesante sobre México y la evolución del dulce acá, recorrimos todas las salas con las maquinarias y maquetas que te hacían trasladarte años atrás. Además, en la cocina, vimos el proceso de este exquisito manjar, el cual degustamos hasta la saciedad. El de membrillo fue mi preferido.

Sancho y Don Quijote en la Feria del Libro de Morelia
El “sargento” Guízar (con cariño, pues gracias a él aprendí muchísimo) nos dio la tarde libre; así que aprovechamos para visitar el Museo del Estado (donde había objetos de la conquista y explicaciones de Hernán Cortés), el Museo de Arte Colonial (con una exposición de pintura al oleo) y la Feria Nacional del Libro (que este mismo día finalizaba), en la Casa de la Cultura. Aquí comimos "por la gorra", pues tras ver los libros y explorar por el magnífico edificio, nos colamos en la azotea, donde tenía lugar la ceremonia de clausura. Como estos mexicanos son tan hospitalarios, nos invitaron a sentarnos con ellos y a comer caldo de frijoles con verdura, carne a la brasa y flan de chocolate como postre. Seguidamente, fuimos a una degustación de mezcal (que entierran durante seis meses en unas tierras húmedas especiales para que repose). Al salir de aquí, crucé la esquina y me encontré con mis amigos de España (¡qué pequeño es México!). Resulta que ellos rentaron un auto y estaban visitando Morelia aquel día. Como no tenían alojamiento todavía, pasaron la noche en nuestra habitación. Me alegré mucho de verlos, pues durante todo el puente los eché de menos, sobre todo a mi carnal.

Carnitas de puerco en Quiroga
A la mañana siguiente viajamos a Quiroga, donde desayunamos estupendas carnitas (carne de puerco salada y muy sabrosa). El kilo para cuatro personas nos costó 120 pesos (7,20 euros) y aguantamos con ello durante todo el recorrido que hicimos por Santa Fe de la Laguna (donde subimos al campanario de un hospital de Tata Vasco), Chupícuaro, San Jerónimo Purenchécuaro y Erongarícuaro. Nurio, a diferencia del resto de destinos, no me gustó. Era muy solitario, triste, oscuro y con mala vibra. Sin embargo, el convento de la plaza semejaba a un barco de madera y la decoración era impresionante. Al final del día nos dirigimos a Uruapan, donde había una feria y un tráfico horrible, por lo que no pudimos estacionar el autobús y regresamos al hotel.

Mural de Juan O´Gorman en
 Biblioteca de Patzcuaro
Como llegamos antes de lo previsto a descansar, adelantamos una hora la salida de la mañana siguiente. A las 07:00 ya estábamos bañados los cuatro integrantes de la habitación y con dirección a Patzcuaro, era la noche de muertos. Enseguida hice muy buenas migas con mis compañeros de habitación, me enseñaron muchas cosas y platicamos constantemente sobre las diferencias entre su país y el mío. A la hora de movernos por las distintas ciudades un chico muy simpático me cedió su asiento, pues él se reclinaba con su novia en la parte final del autobús. De esta manera, solo tuve que viajar tumbado en el pasillo a la salir y regresar de DF. Como adelantamos tanto la salida, nos encontramos con el embarcadera de “Las Garzas” cerrado, donde teníamos que agarrar una barca para llegar a la isla de Janitzio. No obstante, Guízar lo tiene todo planeado y fuimos a visitar Patzcuaro antes de cruzar el lago. El centro de esta ciudad está basado en una plaza con forma de mano, donde cinco dedos o calles comunican cada extremo. En esta plaza pude disfrutar de la "danza de viejitos" (les adjunto un video). En la parte inferior del itinerario se ve la planta de tal organización. Allí vimos la Casa de los 11 patios, un antiguo hospital comunicado por once espacios abiertos llenos de fuentes y jardines. Más tarde recorrimos el mercado de artesanías, donde compré una catrina. Para terminar, visitamos el antiguo convento de San Agustín, hoy Biblioteca, pues se exponía una colección de catrinas y había un mural de Juan O´Gorman ─el que diseñó la fachada de la Biblioteca Central de la UNAM─. Antes de subir al autobús compré un pan de muerto por 12 pesos (72 céntimos). Creo que me he hecho adicto a tal dulce. Se trata de un pan redondo con decoraciones en forma de cruz y una capa de azúcar que recubre la corteza crujiente (muy semejante a la tradicional mona de pascua). La semana que viene ya será imposible conseguirlos, porque solo los fabrican para estas fechas, así que debo proveerme.

Isla de Janitzio con los pescadores "mariposas"

Una vez que llegamos al embarcadero de “Las Garzas” subimos los 45 alumnos en una sola lancha. No tuvimos que esperar, pues los visitantes habían descendido considerablemente respecto a años anteriores. Cruzando las marrones aguas, vimos a unos pescadores; uno por cada barquita desplegaba unas redes en forma de mariposa para hacerse con el marisco que una vez en la Isla de Jantizio comeríamos. De aperitivo nos sirvieron unos pescaditos fritos llamados charales; la sopa de camarón estaba muy rica, y la mojarra también, pese a tener muchas espinas. Con el último bocado, empezamos a ascender por las angostas callas adoquinadas de la isla, teníamos treinta minutos para llegar hasta el mirador. Allí me encontré con mis amigos de España, Holanda, Chile… Pese a gozar de muy poco tiempo, me latió mucho verlos por allí. Se me hacía extraño estar cinco días de viaje sin ellos, pues hasta entonces no nos habíamos separado. Aunque me perdí las aventuras y anécdotas que ocasiona rentar un auto y recorrer las superautopistas mexicanas, conocí a gente nueva y me sumergí por unos días en el mundo de la arquitectura. De vuelta al embarcadero, disfrutamos del atardecer. El frío se hacía notar, y por ello nos trasladamos a Tzintzuntzan. Aquí cenamos y recorrimos los dos panteones, el convento de Vasco de Quiroga ─con unos olivos que el mismo trajo de la península en el siglo XVI─ y finalizamos nuestra estancia allí en el yacimiento arqueológico de la parte más alta de la urbe, donde se veían las estrellas a las mil maravillas. Hablando de estrellas, mi nueva compañera de departamento es astrónoma y viene de Veracruz, aunque pasó una temporada estudiando en Granada. Esta convivencia, con continuos cambios, me está enriqueciendo mucho; se aprende mucho al compartir algo más que una plática con culturas y costumbres distintas.
Panteón de Tzintzuntzan en la noche de muertos

Ofrenda a mis familiares
La noche de muertos me puso los pelos como escarpias. Estos mexicanos celebran una noche para los difuntos más jóvenes y otra para los adultos. Inundan los panteones y cementerios de laboriosas ofrendas, y no tienen reparo en pernoctar (con las bajas temperaturas que se alcanzan en Michoacán, sobre todo cerca del lago de Patzcuaro) junto a los altares de sus serse más queridos. Es una tradición muy antigua, anterior a la llegada de los españoles, por lo que no tiene nada que ver con el cristianismo. Estas costumbres y el sentimiento que tengo por los que ya no están conmigo, me animaron a hacer una ofrenda. Unas flores de cempaxóchitl (con un color naranja muy intenso) sirvieron de base, en el centro de la cual coloqué un pan de muerto, por cortesía de mi cuate mexicano. En las cuatro esquinas coloqué el nombre de mi abuelo y mis tíos. Un pez de madera para el primero (pues era carpintero y salía a pescar cada mañana de julio al espigón de Santa Pola) y un cigarrillo como muestra de su único vicio; una naranja para mi tío, pues es de Valencia, y un clavel rojo para mis tíos, ya que salían de Andaluces en las fiestas de mi pueblo. La leyenda dice que durante la noche de muertos las ánimas caminan sobre el lago de Patzcuaro y se reúnen con sus seres queridos, junto a las ofrendas, donde toman la esencia de los alimentos para conseguir la fuerza y energía hasta el año siguiente; es por esto, que al degustar las ofrendas con posterioridad, los alimentos no tengan el mismo sabor que a priori. Puedo asegurar (tal vez por la magia del momento) que esto es así.

A la mañana siguiente entregamos las llaves, recogí los 100 pesos de fianza del control de TV, y partimos hacia DF; no sin antes parar en Tlalpujahua, donde compré una caja de 12 esferas de Navidad por 45 pesos (menos de 3 euros). Esta empinada ciudad se caracteriza por el gran número de minas de oro y plata que posee, por lo que es especialista en la fabricación de tales adornos. Todos están hechos a mano y decorados de formas inimaginables.

Ya de regreso, tumbado en el pasillo de aquel autobús repleto de voluminosos souvenirs (estos mexicanos compran muchos recuerdos: serpientes de madera, cajas de mimbre del tamaño de una lavadora, sombreros mexicanos…), me di cuenta de que apenas me quedaba un mes en aquellas tierras. Me entristecí un poco. Esta está siendo la experiencia de m vida. No obstante, pensar en la cena de Nochebuena rodeado de mis familiares, y en la posterior salida con mis amigos de toda la vida por los bares de mi pueblo me alegró bastante.

Al regresar lavé la ropa, aunque mi maleta estaba casi vacía de tales harapos (cuando regrese a España dejaré toda la ropa a mi carnal y ocuparé la maleta con todo de lo que acá me estoy proveyendo). Cené salmón con patatas fritas, algo que se me antojó durante todo el viaje, mientras veía la clausura de los juegos panamericanos que se celebran en Guadalajara. México acabó cuarto, detrás de los todopoderosos Estados Unidos (más conocidos como gringos por estos barrios). Disfruté mucho durante aquel mes, pues varios canales retransmitían las 24 horas aquellas competiciones (algunas desconocidas por completo para mí).

El jueves no me costó demasiado volver a clase. Tenía ganas de reencontrarme con mis compañeros de salón y escuchar las pláticas de los doctores. Tampoco esta vez me tocó exponer el Libro de Alexandre. Los alumnos se toman las exposiciones tan en serio, que mientras se visten, decoran el aula y llevan a cabo la representación de su tema, se pasan las dos horas. Las clases de francés y de inglés ya están llegando a su fin, por lo que deberemos hacer una cena para despedirnos. Me encantan las cenas de clase, y echo mucho de menos las que hacíamos en Alicante; como aquel grupo de Filología no hay ninguno.

Mañana sábado he quedado con la profesora de Filología Hispánica I, pues es la directora de Medievalia y vamos a trabajar en ella.

Estoy enganchado al Pueblo Mexicano, sobre todo a la canción que cierra la serie. Les dejo un video para que la conozcan.

El próximo martes veré a Joaquín Sabina en el Auditorio Nacional, y el sábado siguiente haré lo propio con Fernando Delgadillo. Este domingo comienza la temporada taurina, y en el cartel aparece Enrique Ponce; solo asistiré de nuevo a la plaza más grande del mundo si viene José Tomás.

Los mexicanos (no todos, pero sí la mayoría) cierran sus frases (muchas de ellas anacolutos) con la muletilla “güey”; esto resulta muy curioso, pues parece que lo hagan a propósito. Por este motivo, quizá la librería Gandhi lanzó este comercial: “leer…, güey; enriquece…, güey; tu vocabulario, güey”.

lunes, 24 de octubre de 2011

24/10/2011 TORRE LATINOAMERICANA

No siempre se cumple lo que uno planea. Esta semana fue tranquila, ya que el viernes tengo un examen de Filología Hispánica I, la asignatura más importante de las que curso aquí. Sin embargo, pasar una tarde por el centro de Distrito Federal, reunirme con los compañeros de salsa o con mis amigos catalanes, me abstrajo por momentos de asimilaciones, refonologizaciones y metátesis.

Conferencia "Premio Nobel de Economía 2011"


El martes a las 12:00 horas, aprovechando que se había suspendido la clase de francés de ese día, me acerqué al auditorio Narciso Bassols, pues Carlos López Morales, Javier Galán Figueroa y Hugo Contreras Sosa, moderados por el director de la Facultad de Economía, Dr. Leonardo Lomelí Vanegas, hablarían del “Premio Nobel de Economía 2011”. Aunque, no entendí “el teorema de la tela de araña” y las fórmulas que netamente explicaban, me gustó ir para poder contarle a mi hermano, que estudió todo esto, lo que allí dijeron. Algo que sí que me quedó claro fue la causa que, según ellos, había llevado a Europa a la crisis global: la falta de decisiones financieras conjuntas tratando una misma moneda.

La clase de salsa fue un no parar, cada vez aprendemos más pasos, y aunque los nombres (“Deja que Roberto te lleve a nadar” por ejemplo) se me olvidan con facilidad, nos reímos muchísimo. Además, cada vez somos más; ya triplicamos los doce o trece que asistimos por primera vez al Auditorio Che Guevara. Después de bailar, fui con una compañera a dos de las librerías más importantes de México: Ghandi y Fondo de Cultura; ambas están repartidas por todo el distrito, y casualmente hay encuentran en la Avenida Miguel Ángel de Quevedo, muy cerca de mi departamento. Aquí hay libros de todo tipo (novelas, cómics, guías de viaje, poesía, teatro…) y puedes tomar algo mientras los hojeas.

Barrio chino
El miércoles después de clase fui con una amiga al centro. Pasamos por el Barrio Chino, lugar en el que no es aconsejable estar tras atardecer, para llegar a la Plaza de la Electrónica. Un sinfín de pasillos de no más de 2 metros de ancho se entrecruzaba zigzagueando por más de 4 cuadras, las infinitas luces te guiaban en tu búsqueda, pues vendían móviles, cámaras de fotos, computadoras, radios, televisiones, ipods, accesorios para autos… Una vez que mi compañera dejó su cámara en una de estas estrechas ventanillas para que arreglaran la lente por 400 pesos (24 euros), nos acercamos a la Torre Latinoamericana.

Eran las 18:00, por lo que el sol ya estaba cerca de ocultarse tras los volcanes que rodean esta vorágine defectuosa. Pagamos los 60 pesos (3,60 euros) que nos pedían para subir al piso 42 de aquel longevo edificio, durante mucho tiempo el más alto de Latinoamérica. Sin duda, valió la pena. Aunque no pudimos llegar a la azotea, pues estaba cerrada por mantenimiento, las vistas desde el mirador eran sobrecogedoras. Ver todo el DF desde esa altura, sin atisbar los límites de esta enorme metrópoli, te hace ver lo diminuto que eres.

Palacio de Bellas Artes desde
la torre Latinoamericana, justo
antes de que comenzara un
concierto en la misma puerta
Como nos pusieron una pulsera amarilla, podíamos subir a la torre todas las veces que quisiéramos durante ese día; así que, una vez que vimos la exposición de murciélagos del piso 38, y nos preguntamos el porqué de eso ahí, bajamos para ojear la feria del libro del zócalo. Pasamos por la Churrería del Moro una de las más antiguas de México, pero fuimos fuertes y continuamos nuestro camino; no sin antes entrar en Mumedi, un café-museo de artes plásticas y visuales, lleno de originales camisetas, posters y accesorios (con precios europeos). Caminar por México es difícil, son tantas las cosas que te llaman la atención ─además de los imprevistos con los que te encuentras─ que se demoran tus paseos, de ahí que haya olvidado el significado de “puntualidad”.

Apenas dimos una rápida vuelta por el foro de Adolfo Sánchez Vázquez de la Feria del Libro, compramos unas gorditas de La Villa por 10 pesos (60 céntimos), y nos dirigimos al Exconvento Teresa. Eran las 20:00 y estaba comenzando un concierto del cuarteto Latinoamericano. La impecable acústica de esta antigua iglesia nos hizo disfrutar del chelo y el resto de instrumentos de cuerda. Además de la música, una exposición de vanguardia visual presentaba la velada. Resultaba muy chistoso ver una mesa llena de botellas de Coca Cola vacías junto a un puerco pintado en la pared del exconvento. El mestizaje es brutal en todos los sentidos.

Vistas desde el piso 42

Antes de regresar a casa, decidimos subir de nuevo a la torre para ver la ciudad de noche. No parecía la misma que habíamos vislumbrado hacía ya 3 horas. El zócalo, con su prominente bandera, el Palacio de Bellas Artes, el Palacio Nacional y el Xipe Totec, un edificio que estaba iluminado como una tela de araña roja, te ensimismaban.
En blanco y negro, un mar de luces

El jueves, en la clase de Literatura Española Medieval, una parte de la clase expuso el Libro de Apolonio. Me llamó la atención ver a gente disfrazada, con cartulinas que representaban de forma muy original a los personajes de esta temprana literatura, e incluso tocando el violín. Estos mexicanos se dejan la piel en cualquier cosa, por mucha flojera que te dé; intentan cualquier cosa por hacer las cosas bien. Esta semana, el resto de compañeros y yo, expondremos el Libro de Alexandre. Esperemos estar a la altura.

A las 17:00 fui con mi compañero geógrafo a la Sala de Videoconferencias de la Facultad de Filosofía y Letras, junto al busto de Sócrates. Allí, Ernesto Priego dio una charla sobre Blogs. Durante más de dos horas estuvo platicando sobre los avances que posibilita esta herramienta en el aprendizaje y en el hecho de compartir información, que es para lo que sirve internet. Una de las ventajas que mencionó se me quedó grabada, pues al posibilitar esta plataforma presentar artículos y lecturas que los miles de estudiantes de la UNAM fotocopian ilegalmente (como muchas de las cosas que, tristemente, se hacen en esta República), se respetaría mucho más el canon y el copyright, además de salvar la vida de miles de árboles.

Por la tarde, en la clase de inglés debatimos sobre el significado de “what is he like?”, pues algunos mexicanos lo traducen mediante la asidua fórmula “¿cómo se ve?”, con el sentido de “¿cómo es?” (físicamente). El español y el castellano no son lo mismo, y, aunque un mexicano pueda entender perfectamente un libro editado en España y viceversa, las diferencias a veces se prestan a confusión. Por ejemplo, la primera semana que estuve en México una amiga me dijo “te ves fatal”; yo asentí, ya que es cierto que sin lentes no veo muy bien. Más tarde entendí que lo que ella quería decirme era que tenía mal aspecto, sin embargo, el continuo uso del reflexivo con el verbo “ver” todavía hace que me cueste entender algunas cosas.

Tras esta enriquecedora plática, fuimos a casa de un compañero de la facultad, en la Villa Panamericana (un condominio en el que cada anaranjado edificio de ocho plantas muestra en la fachada el nombre de un país de Latinoamerica). Allí estaban algunos de mis cuates del Atlético Colmillos y fue el preludio perfecto para lo que nos esperaba: la fiesta de los “pinches catalanes” (como ellos mismos denominaron en el evento de facebook al que nos invitaron), también en Avenida Universidad (donde yo vivo). Dejamos para otro momento la cena con los compañeros de inglés, pues muchos estaban fuera y no habían podido ir ese día al salón (aula), al igual que el día anterior se pospuso la cena con mis compañeros de departamento, pues mi compatriota recibió la visita de su familia. En esta lujosa mansión bailamos música muy distinta a la que solemos escuchar en México, era una fiesta peninsular, y se notaba. No muy tarde me fui a casa, el domingo debía estudiar.

Teveunam, el canal de televisión (411) de la Universidad Nacional Autónoma de México, estrenó el martes 18 una serie muy interesante sobre la cultura mexicana: El Pueblo Mexicano. Martes y jueves de 22:00 a 22:30 horas pasarán uno de los trece capítulos que recorren la historia de estas riquísimas tierras, explicarán el mestizaje ─no solo de españoles, indios y africanos, sino también de asiáticos, árabes, judíos… pues todas las razas y culturas se fundieron en una interesante simbiosis─, las costumbres, la geografía y la vida mexicana. Esta cadena se está convirtiendo en una de las más vistas en mi departamento, pues constantemente proyecta documentales sobre Charles Chaplin o Woody Allen (dos de mis preferidos), reportajes (sobre Gabriel García Márquez) y entrevistas (como a Miguel León Portilla).


Nos enviaron desde la Dirección General de Cooperación e Internacionalización, de la Oficina de Fomento a la Internacionalización de la UNAM (donde todavía no nos han dado la credencial), un correo para asistir mañana martes a las 13:00 a una reunión para los de intercambio (con tenis ─zapatillas de deporte─ lentes oscuras ─gafas de sol─ y bloqueador ─entiendo que será protector solar─, según se explicita). El miércoles, de nuevo, es la “noche de los museos”, por lo que quizá me acerque a ver la exposición (http://www.cultura.unam.mx/index.html?tp=articulo&id=3038&ac=mostrar&Itemid=103&ct=0&titulo=hipernoche-con-ron-mueck&espCult=antiguo-colegio-de-san-idelfonso) de Ron Mueck. Otra opción, la más plausible, es visitar la ofrenda de muertos y la exposición de alebrijes (especie de bichos gigantescos de papel y cartón que se presentaron este fin de semana en un tradicional desfile): http://www.elfinanciero.com.mx/index.php/cultura/46518.

De momento, vuelvo a las páginas del Manual de Gramática histórica, esperando que el viernes a las 22:00 parta en el autobús con destino a Patzcuaro, a vivir la tradicional noche de muertos mexicana.

lunes, 17 de octubre de 2011

17/10/2011 FERIA DEL MOLE

La temible Oficina de Migración

Esta semana marca un antes y un después en mi estancia en México: se ha resuelto mi trámite migratorio. La “gachamiga” salió mejor de lo que esperaba, la cena de clase se pudo concretar, y tanto la Feria del Mole, como la del libro pusieron broche final a una semana imparable.

Para tentar a la suerte y al destino, esta vez decidí acudir a migración el martes; pensé que el motivo de la tardanza en mi resolución migratoria, aunque creo que no soy supersticioso, se debiera a que siempre había ido los lunes. Llegué sobre las 09:30 tras más de una hora de trasbordos en el agobiante, calenturiento y colapsado metro de México D. F. Enseñé mi pasaporte y discutí un instante sobre las fotos: ellos decían que debía de traer 3 fotos de frente y dos de perfil derecho (¿por qué exigirán fotos de perfil? ¿y por qué solo del derecho?) y yo respondía que ya las había entregado. Tras unos instantes de incertidumbre, búsqueda y milagroso éxito en la parte final de esta, el ojeroso funcionario (estos mexicanos no duermen nada) las encontró. Firmé unos papeles y me pidió que esperara mientras imprimía y plastificaba el carné que me daría tras quince minutos sentado junto a una decena de personas en mi misma situación. Era la quinta vez que iba a la Oficina de Migración, habían pasado dos meses, y en quince minutos había escaneado las fotos, impreso el formato y plastificado el carné que no debía perder bajo ningún concepto.

Embajada de España en México
Abandoné el familiar edificio y me dirigí a la Embajada de España, a dos cuadras de metro Polanco. La cola, como es habitual, estaba formada por más de cuarenta personas; así que tardé casi una hora en identificarme, dejar mi cinturón y algunos pesos que llevaba en el bolsillo izquierdo sobre la cinta del escáner e informar del motivo de mi visita: inscribirme en el registro y en el censo electoral para votar por correo en las elecciones del próximo mes. Allí conocí a muchos españoles que estaban en México, como yo, de forma definida. La mujer que por fin me atendió en el mostrador me platicó sobre la inseguridad del país, pues debí recordarle a su hijo. Aquella mañana coincidí con mi profesora de Literatura Española Medieval y con una compañera del País Vasco; ¡con lo grande y la gente que hay en Distrito Federal, y que con frecuencia me cruce con conocidos!

A Diego Rivera:
Este pintor eminente
cultivador del feísmo
se murió instantáneamente
cuando se pintó a sí mismo
Antes de regresar a Ciudad Universitaria, recogí dinero en Tacubaya. La opción de “Santander envíos” parece ser una de las que menos problemas conlleva, y no te cobran comisión. El cambio del euro al peso te favorece, por lo que al cambiar dinero adquieres alrededor de un 3% más. Compramos, mi carnal y yo, veinte panecillos caseros que debatimos si vender en el metro, de igual manera que venden diccionarios de matemáticas, calaveras literarias (poemas satíricos y burlescos de la sociedad mexicana), portacredenciales, folders, plumas, chicles, chocolatinas (caducadas)… y un sinfín de cosas inimaginables. A las 15:00 llegamos a mi departamento y comenzamos a preparar la “gachamiga”. Echaba de menos este plato típico de mi pueblo. Invité a unos amigos a probarlo. Resultaba chistoso ver a un holandés, una chilena o unas mexicanas volteando el sartén con cara de “¿será esto comestible?”. Estuvimos más de dos horas turnándonos para que no se pegara la masa. Normalmente en una hora se fríe el medio litro de aceite de oliva con dos cabezas de ajos y un kilo de harina de trigo, se vierten los cuatro litros de agua y se voltea sin descanso hasta que quede una masa compacta; sin embargo, el fuego de la cocina era escaso, y pese a tardar el doble, todavía había zonas algo crudas (sobre todo en el centro).

La "gachamiga" llega a México

 La clase de salsa de aquella tarde fue algo pesada. Nos movíamos con dificultad por la copiosa comida, pero aprendimos pasos muy divertidos, aunque también complejos, para practicarlos el viernes próximo en la fiesta que tendrá lugar en el departamento de una compañera.

El Caracol d´Or, acogedor antro de Coyoacán
Al día siguiente, una vez que terminé de ver la evolución vocálica del latín a las lenguas romances, fui a Coyoacán con mi chilena y mi madrileño-chileno. Fuimos caminando desde casa al Zócalo de la delegación a la que pertenecemos. Las calles eran muy coloniales, llenas de colorido y gruesos árboles a ambos lados de la adoquinada calzada. Visitamos la Fonoteca Nacional y tomamos unos jugos de frutas riquísimos junto a un viejo cantautor que tocaba lo que le pedíamos. Una de las canciones que más me gustó fue el tango Volver de Gardel. Me recordó mucho a la película (que más tarde recomendaría a la chilena) de Almodóvar y Penélope Cruz. Fue una tarde muy agradable. México D.F. tiene muchas y variadas opciones; y esta de Coyoacán es una de las más tranquilas y enriquecedoras.

El jueves tuve dos exposiciones: una en Literatura Española Medieval sobre el “Labrador avaro”, uno de los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo; y otra en clase de inglés sobre Juan José Millás, uno de mis escritores preferidos. Me latió ver cómo mis compañeros mexicanos se interesaban por este valenciano, desconocido por todos ellos.

El fin de semana comenzaba con la cena de clase de francés. Unas treinta personas cenamos en Mamma´s Pizza, una pizzería que enloquece a mi amiga. Estos platos italianos eran muy gruesos y caros. Las salsas, bálsamos y chiles circulaban con rapidez entre todos los allí presentes, aunque entre los españoles todavía se atascan. Seguidamente, fuimos a una fiesta norteña en metro Eugenia, y disfrutamos de un sofá muy cómodo. Llevaba tiempo sin sentarme en uno, pues en mi departamento no cuento con tal mueble.



Mole, en la Feria Internacional
El sábado a las 14:00 horas quedé con el portero del Atlético Colmillos. Mi carnal y yo íbamos a la Feria del Mole en San Pedro de Atocpan (Milpa Alta). Esta pequeña (aunque no en habitantes: 1.000.000), tradicional y tranquila pedanía se encuentra a unos 15 km de DF; sin embargo, tardamos más de una hora, el tránsito, ya de por sí densísimo, acrecentó con la famosa feria. Una vez en casa de mi cuate, su madre nos preparó comida típica de allí: arroz a la mexicana (con guisantes, zanahoria y mole) y pollo con chile y tamales (masa de maíz azul con frijoles). Seguidamente, fuimos a la feria, donde estuvimos hasta bien entrada la noche: vacas, cerros floridos (aunque aquí no hay primavera), cientos de puestos de mole, mezcal, pulque, tequila, tortillas, tacos, quesadillas, pozoles, quesos y carnes nos invitaban a degustar estos exquisitos manjares. Compré un cuarto de mole apiñonado por 25 pesos (1,50 euros) para que en Navidad lo pruebe mi familia. Tomamos unas yardas mientras platicábamos con estos mexicanos de los que cada día aprendo algo, cada vez más curioso e inesperado. Al regresar a casa del cancerbero, jugamos a poker mientras tomábamos ron con agua mineral (con gas), por lo visto, se trata de una mezcla habitual acá. A continuación, visitamos una fiesta de música electrónica antes de dormir tapado por una manta del calendario azteca.

Vestidos como mexicanos en la Feria del Mole


Cinco como estas desayuné
El desayuno de la mañana siguiente fue espectacular: tortitas de maíz azul con bistec de ternera, nopales, chile y limón. Aún me relamo al recordar aquella conjunción de sabores mientras escribo estas líneas. Tanto mi amigo como su familia se portaron de maravilla. Nos acogieron en su casa, nos trataron como a dos mexicanos más y nos enriquecieron con sus pláticas. En las casas de este país no suele haber televisión en el salón, por lo que la conversación, felizmente, es lo más habitual. En el pesero de vuelta estuvimos sentados junto a dos chavos, de no más de 18 años que acunaban en sus brazos, cada uno, a uno de sus chavitos, menores que ellos, aunque no mucho. Entristece ver a personas tan jóvenes con hijos. Al parecer, según una encuesta que me comentaba mi compañero de departamento, el 80% de los mexicanos tiene relaciones sexuales sin protección.
Palacio de Bellas Artes, donde se proyectaría el vídeo sobre Siqueiros

Fería del Libro en el Zócalo de México D.F.
Aquel domingo todavía tuvimos tiempo para pasar la tarde en la Feria del Libro del Zócalo. Bajamos del metro en Hidalgo, y paseamos por la Alameda Central al tiempo que veíamos las curiosas artesanías y ritos religiosos que tienen lugar allí. Resulta curioso ver lo arraigado que está la superstición y la religión en este país. Muchísimas personas pagan cientos de pesos a alguien que, según dice, tiene el don de la bendición. La Biblia es recitada en muchos rincones de las aglomeradas plazas, y el olor a maíz inunda cada recoveco. Tras dar una primera vuelta por los cientos de puestos de libros de cocina, arquitectura, ciencia, viajes, humanidades, e infantiles, visitamos el interior de la Catedral y subimos al campanario en la última visita de la tarde. Las vistas desde aquí eran muy buenas; además, estaba atardeciendo y disfrutamos viendo cómo se ocultaba el sol tras la bruma, la polución, los volcanes y la metrópolis. Me sorprendió una de las más de cincuenta campanas: hace más de veinte años golpeó a un joven campanero de quince años mientras este la tocaba por primera vez y lo mató, por lo que tenía una cruz roja en la parte central y había estado hasta el año 2000 (año Xacobeo) atada y privada de ser tocada como castigo.
Vistas desde el campanario. La Torre Latinoamericana, la más alta

20 pesos (1,20 euros) ambos
Al bajar de nuevo a la feria, nos hicimos con unos libros de cocina y Biografías de mexicanos ilustres. Hay espacios dedicados a distintas editoriales: Siglo XXI, Alfaguara, Porrúa (una de las más famosas en México)… y hasta foros y cafés literarios dedicados a grandes escritores (Federico García Lorca o Adolfo Sánchez Vázquez entre otros); además, escritores consagrados, aunque desconocidos, de momento, para mí, firman libros.

De regreso al metro pasamos por el Palacio de Bellas Artes, donde se proyectaba un video sobre los muralistas mexicanos. Resulta muy grato visitar el centro histórico los domingos: hay gente de todas las partes del mundo, los comercios están abiertos, las esquinas repletas de personajes populares y los museos, este día, suelen ser gratis. El Museo Antropológico es uno de los que mejor me han hablado, así que el domingo que viene intentaré visitarlo.

El Principito, en el auditorio Rosario Castellanos, en el CELE;
con motivo del Festival de Otoño
Hoy lunes, extraño las hojas de registro a la entrada de migración, la rutinaria visita online de mi trámite y la mañana perdida. No obstante, el Festival de Otoño del CELE (Centro de Estudiantes de Lenguas Extranjeras) ─donde tomo clases de francés─ ocupó mi tiempo. Entre el segundo examen de francés que hacía y la clase de inglés, asistí a la representación de El Principito, de Antoine de Saint-Exúpery. Durante tres días se llevaran a cabo múltiples y variadas actividades interculturales: muestras gastronómicas de Italia, Rumanía, Grecia, Japón, etc.; conferencias, teatros, películas… No hay descanso en México, las continuas actividades te llevan a elegir y a prepararte (como diría mi carnal) “para la siguiente fase del día”.

Les dejo el comercial que aparece en la televisión mexicana sobre el día de muertos en Patzcuaro, el próximo 2 de noviembre. La agenda para la próxima semana ya se va completando: inauguración de un antro el miércoles; cena con los compañeros de departamento el jueves; comida con los compañeros de clase de inglés y fiesta con la clase de salsa el viernes; trabajo con Medievalia el sábado; y Museo de Antropología el domingo.  Aunque parezca caótica tanta planificación, uno se acostumbra en México a prever todo, pues este país es una caja de sorpresas, en el que viene bien tener un orden cuando no sabes qué te va a deparar.

lunes, 10 de octubre de 2011

10/10/2011 PUEBLA

¿Quién decía que el mundo es un pañuelo? Mi nuevo compañero de departamento es, al igual que yo, de la Universidad de Alicante. Resulta curioso que viva en México con alguien de la misma ciudad que yo; sin embargo, esta nueva convivencia cambiará de nuevo en noviembre. 


Jorge Fernández Granados, Israel Ramírez y David Huerta
El martes y el miércoles de la semana pasada tuvo lugar en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de 16:00 a 20:00 horas el I Coloquio de Poesía Mexicana. En él tuvimos la oportunidad de ver, escuchar y aprender de longevos y precoces poetas: Karen Villeda, María Andrea Giovone, Roberto Cruz Arzabal, Jorge Aguilera López, Oscar de Pablo, Iván Cruz, Enrique González Rojo, Max Rojas, Mariana Ortíz, Martín Solares, Omar Soto Martínez, Jocelyn Martínez, Verónica Volkman, Tedi López Mills, Israel Ramírez, David Huerta y Jorge Fernández Granados. De todos había algo que aprehender, pero me entusiasmó sobre todo Karen Villeda y su perspectiva sobre la poesía digital y los nuevos proyectos de literatura digital; me fascinó la forma de entender la poesía del joven Oscar de Pablo; y me agradó volver a ver a Max Rojas y conocer a otro de los contemporáneos: David Huerta. También me llamó la atención la prodigiosa memoria de Jorge Fernández Granados, pues recitó perfectamente su poesía durante más de veinte minutos sin libro alguno.

El jueves, en una hora que tenía libre entre clase y clase, me colé en el I Seminario de Especialistas en Renacimiento. Mediante skype, posiblemente por incomparecencia, una voz inglesa hablaba sobre literatura italiana a los más de sesenta asistentes a la Sala de Videoconferencias.

El día siguiente hice un examen parcial de inglés. Me salió bastante bien, así que fui a celebrarlo a casa de mis amigos madrileños. Sin embargo, ese viernes no salí de fiesta: a la mañana próxima íbamos a Puebla a pasar el fin de semana.

Zócalo de Puebla
A las 12:00 quedamos en metro Quevedo para desplazarnos hasta Tapo, la central de Autobuses. Por 220 pesos (13,20 euros) fuimos y regresamos de esta ciudad colonial que distaba a unos 100 km de Distrito Federal (2 horas contando con el denso tráfico). El camión (autobús) era cómodo, el aire acondicionado funcionaba y pasamos por dos casetas de peaje. En Puebla dimos una vuelta por el Zócalo y comimos un menú típico de aquella zona por 45 pesos (2,70 euros): crema de chayote, arroz con mole, chuletas de porcino (cerdo) con mole pasilla, frijoles y postre. Tenía ganas de probar el “mole”, pues estaba en boca de todos con los que platiqué de mi viaje a Puebla. Es un sabor extraño pero agradable, parecido al chocolate en aspecto y a crema de calabaza en sabor, pero con un toque picante apenas perceptible cuando se mezcla con carne o arroz.

Seguidamente estuvimos buscando un lugar donde pasar la noche. No nos costó mucho, a dos cuadras del zócalo rentamos una recámara para los cinco por 420 pesos (25,20 euros).
Dejamos el poco equipaje que nos llevamos (apenas una muda limpia y una camiseta de recambio) y nos pusimos a recorrer las coloridas calles de aquella ciudad en la que años antes Hernán Cortés había llegado con sus tropas. Las casas no superaban las dos alturas, todas eran de colores llamativos y estaban flanqueadas por suntuosas iglesias y catedrales. Dice la leyenda que hay iglesias como días tiene el año, aunque nuestro guía en Cholula, ciudad que visitaríamos al día siguiente, nos comentó que no había más de doscientas, cifra que, de todos modos, resulta increíble, contando con la escasa extensión de estas urbes. Los mercados de artesanías se entrelazaban por plazas y banquetas (aceras); cerámica, ropa, decoración, souvenirs se hacían hueco entre los escasos metros con el que cada cubículo contaba. Mi compañera chilena se hizo con un sombrero mexicano de terciopelo decorado con los colores de la bandera de la república (verde, blanco y rojo), la madrileña buscaba ansiosa una chamarra de una especie de lana y yo discutía con todos los patrones por una huevera; en este país no deben de usarlas, pues me costó muchísimo encontrar una para mi madre.

Vistas desde la Iglesia de Los Remedios (ahí tendría que verse el Popocatepetl)

Por la noche dimos una vuelta por la Plaza de los Sapos, a un par de cuadras hacia el oeste del Zócalo. En todos los bares nos invitaban gustosamente a pasar, pero los precios una vez dentro no eran muy bajos. Así que pronto nos acostamos: a las 07:00 de la mañana sonaría el despertador para tomar el camión a Cholula. Este nos costó 7,50 pesos (45 céntimos) y tardó 30 minutos. Nos dejó en la calle que daba a la Iglesia de Los Remedios, en la cima de una pirámide del siglo VII d. C. y frente al Popocatepetl, un volcán inmenso que con asiduidad presenta la cúspide nevada. Ese día no tuvimos suerte, pues la polución y la nubosidad nos impidieron verlo. Antes de subir a la iglesia entramos a un museo que narraba la batalla, y el posterior triunfo, de Hernán Cortés. Describían la postura de La Malinche y la ruta que llevaron a cabo. Resultaba emocionante caminar por los mismos trechos por donde 490 años antes nuestros antepasados cabalgaban. En la base de la Plaza de los Altares contratamos por 150 pesos (9 euros) a Filiberto, el guía que nos acompañaría por todo el perímetro. Al igual que en Teotihuacan y Monte Albán, sonaba un graznido (se cree que del dios Quetzalcóatl) al aplaudir frente a las escaleras de la base piramidal. Platicar con esta gente que sabe tanto sobre su país y sobre el lugar que estás visitando te enriquece muchísimo.
Chapulines 
La ascensión a la iglesia fue muy amena, las vistas a la cuadriculada Cholula y los puestos de artesanías y frutos secos que había a los costados de la empinada subida te hacían caminar sin darte cuenta. Fue aquí donde por fin, tras mucho imaginarlo, probé el sabor salado y agrio de los crujientes chapulines (saltamontes). Compré una bolista para mi gente de España y desayuné una quesadilla de chicharrones al instante. Aunque el sabor de estos insectos me agradó, llevaba cinco horas despierto sin probar bocado. A la salida de una taquería que había junto a la ladera de la pirámide, me hice con unos calendarios aztecas que ya había estado a punto de comprar en Puebla. Hice bien, pues el precio de las artesanías es mucho más barato en Cholula. No ocurre lo mismo con la comida, que es más rica, variada y económica en la capital. Por este motivo, regresamos a la Plaza de los Sapos donde habíamos estado la noche anterior para comer Cemitas (quesillo, frijoles, aguacate, jitomate y mole) y pasear por un enorme y variado mercadillo. Aquí vendían antigüedades, objetos de segunda mano y artesanías. Entre las iglesias y los mercadillos, no hay tiempo para ver otra cosa en Puebla. A las 17:45 tomamos el camión de regreso a Distrito Federal. Dormimos las dos horas y llegamos a metro Tapo lloviendo, como ha vuelto a ser habitual esta última semana.
Arroz con mole

Al llegar a casa hice lo peor que podía haber hecho: miré el estado de mi trámite migratorio en la página del Instituto Nacional de Migración. Debía presentarme en la oficina, pero el lunes no sería el día. Estaba cansado y no tenía ganas de empezar la semana en aquel lugar; prefería disfrutar unas horas más de sueño y de aquellos maravillosos recuerdos que me dejó mi visita a Puebla: un lugar que no puede faltar en tu visita a México.
Mercadillo de Puebla

Acabo de cenar una tortilla de patatas con chile. Le da consistencia y un sabor más potente. Mañana quizá prepare una “gachamiga”, plato típico de mi pueblo. El jueves hay una charla sobre blogs, por lo que espero poder poner en práctica todos lo que allí me enseñen. El viernes, si el DF no lo impide, haremos una cena de clase de francés y el sábado mis compañeros del Atlético Colmillos me han invitado a la Feria de Mole. México es increíble.