lunes, 14 de noviembre de 2011

14/11/2011 JOAQUÍN SABINA Y FERNANDO DELGADILLO


Esta semana no hubo impedimento para que se llevara a cabo el examen de Filología Hispánica; los conciertos de Joaquín Sabina y de Fernando Delgadillo fueron inmejorables, y el domingo, la Plaza de las tres culturas simbolizó la simbiosis que estoy viviendo durante estos meses.

El sábado, tras recuperarme del ajetreado viaje de muertos por los estados de Michoacán y Guanajuato, fui al Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Allí habíamos quedado a las 11:00 con la directora de la revista Medievalia y con todo su equipo (entre ellos la adjunta de Literatura Española Medieval I y el de Filología Hispánica I, con los cuales me llevo muy bien) para poner a punto el cubículo donde íbamos a trabajar. Archivamos todos los ejemplares de Medievalia, tanto de la revista como de la serie de publicaciones que han editado; logramos organizar una colección de los ya 42 números de la revista (a falta del maldito 28); y nos hicimos con gran cantidad de libros para nuestra biblioteca personal. Lo que más me enriqueció de aquel trabajo sabatino fue, sin duda, las pláticas con el resto de estudiantes y ya licenciados en Letras Hispánicas, y con la doctora. A las 16:00 horas terminamos de llenar la docena de cajas que la UNAM nos había facilitado, y la doctora nos invitó a comer a “El rincón de la lechuza”, una riquísima taquería sobre Miguel Ángel de Quevedo. Aquí probé por primera vez la “sopa de tortilla” (también llamada “sopa azteca”). Desde ese momento es uno de mis platos favoritos: el caldo con chile, aguacate, fritos de maíz y queso Oaxaca forman una conjunción de sabores muy exóticos. La sincronizada de pastor acabó por saciarme. Como la doctora de Medievalia, y a la vez profesora de Filología Hispánica, es española, estuvimos platicando cerca de dos horas sobre las diferencias entre México y España, de cómo comenzó su aventura aquí y de porqué se quedó (historia que sin duda merece un blog a parte). Uno de los temas más recurrentes fue el machismo en este país, pues un capítulo de Hockett (lingüista al que teníamos que leer para el examen del próximo viernes) presentaba un ejemplo políticamente incorrecto: «El marido ve a su mujer poner la mesa y se prepara para ir a comer; o bien oye a su mujer decir la comida está lista y se dirige al comedor». También debatimos sobre el asiduo uso de la muletilla “mande”. Los mexicanos la usan de una manera tan reiterativa como el güey, y la expresan cuando no escuchan o no entienden lo que el interlocutor les dice y quieren volver a oírlo (equivaldría al uso de “perdón” en el español castellano). Esto, a mí parecer, y al de muchos de mis cuates españoles, muestra sumisión; pues no soy quién para ordenar o mandar algo a alguien.

Una de las librerías de viejo llamada "Ahuizote"
La reunión acabó en el momento en el que nos corrieron de la taquería: el tiempo del coche en el parking había llegado a su fin. De regreso, caminando por la avenida Miguel Ángel de Quevedo (pues mi casa quedaba muy cerca) pasé por tres librerías de libro viejo (de segunda mano). Estuve otro par de horas viendo los miles de ejemplares que las polvorientas estanterías mostraban, compré algunos de ellos para mis padres y mi hermano, y regresé a casa para descansar.

Comida típica española,
             con cervezas "Nochebuena"
El domingo estuve evolucionando palabras de latín al español como práctica para el examen. Para comer, preparé una paella que le prometí a la casera de mi departamento. Cuando supo que era español, y más concretamente de Valencia, me pidió que le avisara el día que hiciera tan rico plato para apuntar todo (al igual que hizo con la tortilla de patatas). Así pues, nos reunimos mi nueva compañera de departamento (que trajo unas cervezas Nochebuena ─que solo comercializan en tan señaladas fechas del año─) y mi casera (que nos ofreció “cochinita pibil” ─ricas tortas con carne de puerco y chile de la zona de Mérida, en Yucatán─ como aperitivo). Pasamos un rato muy agradable, mientras veíamos como el Pumas perdía todas opciones de disputar la liguilla por el título.

El primer día de la semana empezaba con un control de francés. Los verbos reflexivos (se léver, s´habiller…) eran el tema principal. Fue la última prueba antes del examen final que haremos durante cuatro días en la última semana de noviembre. Al salir de la prueba oral, me encontré con la IV Feria de Libro Académico UNAM 2011. Compré una edición muy trabajada de La Gran Tenochtitlán de Hernán Cortés por 25 pesos (1,50 euros) y, días más tarde, el audio libro Naranja dulce, limón partido: antología de la lírica infantil mexicana para que mi sobrino Héctor crezca con esta cultura tan rica. Como lo edita mi profesora de Literatura Española Medieval I, quizá le pida que me lo firme al final de semestre. Posiblemente haga lo propio cuando me haga con el Diccionario de Mexicanismos, pues lo dirige mi cuate de Medievalia. Les dejo una entrevista que versa sobre esta publicación y la cultura de México vista a ojos de una española.


Alejandro Sanz y Joaquín Sabina
            en el Auditorio Nacional
El martes era un día esperado: vería a mi cantante favorito en mi ciudad preferida. A las 18:30 quedé en Metro Quevedo con un catalán, una chilena y una madrileña. Juntos nos dirigimos al Auditorio Nacional, donde nos esperaban la valenciana con la que llegué a México y su novio. Más tarde llegaría el vasco que completaría el grupo de ocho “sabineros”. El auditorio impresionaba semivacío, pero cuando saltó al escenario el ubetense (ídolo de millones de mexicanos y latinoamericanos), el 90% de los cómodos asientos estaban ocupados. Tuvimos mucha suerte: compramos la entrada más barata (300 pesos (18 euros) más 72 por el servicio de ticketmaster) y nos sentamos, aún no sé cómo, en el patio de butacas, a 40 metros del escenario y junto a los que habían pagado más de 1000 pesos (60 euros). Eché en falta a mi primo, pues por momentos estuvo a punto de venir a México y al concierto. Entre nosotros se encontraba Alejandro Sanz, algo que supimos en el momento en que Sabina lo llamó y subió a cantar al escenario “Princesas”. La gente enloquecía. Los gritos de “Te amo Sabina” (muchos de ellos varoniles) se entrecruzaban una y otra vez mientras la afónica voz del maestro agradecía la asistencia a sus queridísimos mexicanos. Aquella noche era la cuarta y última vez que cantaba en la capital (al menos por este año, pues ya se rumorea que dará una gira con el “honoris causa” por la UNAM Joan Manuel Serrat), y su emoción nos contagió a todos los presentes. Mi canción preferida es la de “19 días y 500 noches”, pero aquella noche la que más me gustó fue “Por el boulevard de los sueños rotos”, dedicada a la mexicana Chavela Vargas, y donde se nombra a Diego Rivera, Frida Kahlo y otros motivos de Centroamérica. Los focos con la bandera mexicana y la gente cantando la letra al unísono se me quedó grabada. Al salir, compré tres playeras, dos tacitas y una biografía llamada “En carne viva”, libro que curiosamente vendían unos amigos de la facultad. Había que aprovechar los bajos precios, y la presencia de tal joya de la canción y la poesía.


El miércoles, después de la última clase antes del examen, y tras repasar toda la teoría, fui con mi carnal y mi carnalita madrileña al cumpleaños de un cuate colombiano. Estuve poco tiempo, pero saludé a los apapachadores estudiantes de intercambio. Regresé con unas mexicanas y un cordobés (de Argentina), con los que quizá me una para conocer tan ricas tierras a final de semestre.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba “galletas maría”, extrañé a la familia que viene los miércoles a poner en orden el departamento; sus pláticas son muy interesantes, y me enseñan muchas cosas de esta región. Hablando de galletas, mi exnovia (de la que me separé al poco de estar aquí ─como la mayor parte de mis cuates extranjeros─ y con la que guardo una muy buena relación) me acaba de pedir que cheque si se comercializaban unas “Oreo” especiales. No dudo que las encuentre, pues Walmart, de otra cosa no, pero de dulces presenta una variedad ingente.

[Acabo de subir del departamento de la casera, me ha dejado una rejilla de refrigerador con patitas para que mi computadora no se caliente tanto. Se apaga constantemente, sobre todo cuando uso Word durante un tiempo.]

Aquel jueves, tras ver los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (libro sobre el que quizá haga el trabajo final de la asignatura de Literatura Novohispana), expusieron lo que se suponía que iba a ser la última parte de El libro de Alexandre, y por ende, mi pasaje; sin embargo, las trabajadas exposiciones acabaron con las dos horas de la clase. Esta vez, estuvo cerca mi turno, llegué a salir junto con un compañero que hizo un poema en castellano antiguo, en cuaderna vía, que resumía el tema de su plática. Afortunadamente, no tuve que hablar tras maravillosa obra, pues la mía habría quedado en muy mal lugar. La profesora quedó tan contenta con estos genuinos versos, al igual que el resto del salón, que le eximió del trabajo final. Intentaré hacerme con una copia de él y mostrarlo aquí cuando la profesora se lo devuelva, pues, la neta que es un gran trabajo para un mexicano componer algo tan métrica y léxicamente perfecto en español del siglo XIII.

La tarde previa al examen, estuve repasando todas las lecturas y prácticas mientras una fuerte tormenta caía sobre la capital. En México no llueve como en España, aquí lo hace de veras, como si se fuera a acabar el mundo.

El examen no fue mal. Pero podía haber ido mejor. Tras más de cuatro horas evolucionando diez palabras y tratando de contestar a cuatro preguntas teóricas, ordené las 10 cuartillas de papel membretado de la UNAM y se lo entregué al adjunto de la profesora. Comí rápidamente chayote relleno de verduras con frijoles y arroz a la mexicana en la cafetería de la facultad y subí hasta el tercer piso, donde hice el último examen parcial de inglés antes del final del día 16. Aquí, al estudiar el present perfect, debatimos sobre el uso del pretérito perfecto compuesto en la península (del tipo “he cantado”) y el del simple (“canté”) que equivale a ambos, tanto al simple como al compuesto, en el español en México. Por esto, les cuesta mucho entender el uso de tal tiempo en la lengua germana. Para ellos, si, póngase el caso, se cae un lápiz en el momento del discurso, es “se cayó”; y les resulta impensable decir “se ha caído”.

Parrillada uruguaya en "Matamargo"
Por la tarde, ya en casa, recibí una carta certificada de España. En un sobre sepia y con media docena de matasellos, estaban las papeletas para las elecciones de España. Esta mañana las envié de vuelta, de nuevo por correo certificado, con un costo de 34 pesos (2,04 euros). Más tarde, al ser viernes, fui a casa de mis vecinos madrileños y nos dirigimos al "Matamargo", restaurante uruguayo junto al Potzolcalli de Avenida Universidad. Allí cenamos con unos amigos mexicanos una sabrosa carne de parrillada. La arrachera fue la mejor. Seguidamente, compramos una caguama (litrona) que nos tomamos en mi departamento por 34 pesos (2,04 euros), pues 9 de ellos (54 céntimos) son para el envase que canjeas posteriormente por el importe. Aquí se recicla muchísimo (y es normal, pues con tantos habitantes el mundo se acabaría luego luego); muestra de ello son los envases retornables de cerveza. Al final de la velada, fuimos al Jacalito, antro (en el sentido español) que está frente al famoso Mamarrumba.

Fernando Delgadillo en el Teatro Metropolitan
A la mañana siguiente, fui a comprar al mercado de Eje 10 que instalan todos los sábados (a modo de rompecabezas), en Pedregal de Santo Domingo. La verdura es barata y variada. Los toldos de los puestos son algo bajos, y debes ir encorvado mientras esquivas a los ríos de gente que compran y venden al mismo tiempo. Adquirí pulpo, queso Oaxaca y mole. Este último lo preparamos mi carnal y yo para comer horas más tarde. Pese a la inexperiencia y la ignorancia del proceso, salió riquísimo (juicio quizá subjetivo por el hambre que nos dio caminar por el larguísimo tianguis). Por la tarde, asistí a otro concierto con mi chilena, esta vez de un reconocido (aunque no para mí) cantautor mexicano (Fernando Delgadillo) que cumplía 25 años en los escenarios y cerraba su gira esa misma noche en el Teatro Metropolitan. Esta joya arquitectónica y acústica estaba repleta de seguidores que coreaban la letra de sus acordes. No tuvimos la misma suerte que en el Auditorio Nacional, pues nos sentamos al final, donde nos correspondía. Empezó, al igual que el anterior, a las 20:30. A las 00:15 nos levantamos, todavía con Delgadillo en el escenario que abrió el telonero Soto. El último metro salía de Indios Verdes hacia Universidad a medianoche, y si no llegamos a correr no lo alcanzamos. Sin duda, la canción que más me gustó fue “Hoy ten miedo de mí”.


El día siguiente quedé con una compañera de francés en el reloj de Metro Balderas a las 11:30. Paramos en Tlatelolco para ver la ansiada Plaza de las Tres Culturas. Este espacio donde se entremezclan las ruinas prehispánicas de la cultura mexica, la catedral de la época colonial y los rascacielos modernos simbolizan muy bien este mestizaje que representa México. Me gustó mucho una placa de piedra que hay situada en el centro de la plaza donde se dice:


«El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cauhtemoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo, que es el México de hoy».
Tlatelolco, Plaza de las Tres culturas

 Tuvimos tiempo, tras ver una danza indígena de cientos de danzantes ataviados con penachos y ropas prehispánicas, de visitar el Centro Cultural Universitario Tlatelolco; donde había dos exposiciones: una sobre los horrorosos acontecimientos que se vivieron en las revoluciones estudiantiles de 1968 y otra sobre la obra pictórica de Blastein. De la primera me llamó la atención una foto de tanques militares en el Zócalo; y de la segunda un bodegón con alimentos mexicanos y una liebre inerte. Al ser domingo, como la mayoría de los museos durante este día, la entrada era libre.

Zócalo en las revoluciones de 1968
Más tarde nos reunimos con mi carnal y mi chilena en este laberíntico pasadizo que comunica el antiguo mercado de Tenochtitlán (la que era capital de México). Como no encontramos lugar para tomar algo por esta zona, nos dirigimos al centro histórico. Comimos, casi a la hora de merendar, en “El generalito”, un bar en la terracita de la peatonal y abarrotada calle. El menú costaba 50 pesos (3 euros) e incluía entre otras cosas lo que elegimos: sopa azteca, ensalada con salsa rosa, carne asada con chilaquiles y frijoles, pan, agua de sandía y postre o café. Durante la esperada comida, nos acompañaron unos cantautores que curiosamente tocaron una de Delgadillo. Mientras paseábamos, en el atardecer, tomamos unos helados en Santa Clara de guanábana y cajeta. Mientras lo degustábamos, paseamos hasta el Zócalo, donde ya no estaba la Feria del Libro, sino un circo ambulante. La danza aérea, los malabares y los payasos (que hay muchísimos en todas las plazas de la república, al igual que predicadores de la palabra de Dios) nos entretuvieron hasta la hora de cenar. Los títeres me encantaron. La catrina y su esposo, un gringo que criticaba muy chistosamente la situación del país con el que se encontraba. La visión de este foráneo me recordó mucho a la mía. Hicieron alusión al reciente “accidente” de un helicóptero en Cuernavaca que le costó la vida un líder político. Es bueno que critiquen el narco, la violencia y la corrupción de forma tan cómica; pues de nada sirve hundirse en tan trágica situación.

Tras cenar el pulpo que compré el día anterior, me acosté; no sin antes conversar con mi compañero de departamento, el cual me dijo algo que me llamó mucho la atención. Le pregunté si pasaría las navidades con su familia, y me contestó que sí, pues los tres días de vacaciones que tenía como trabajador de primer año los destinaba a esas fechas. Cuando tienes tres años de antigüedad en la empresa puedes elegir hasta seis, y así conforme vas cumpliendo años, nunca sin exceder los 15 días de descanso al año. Este aspecto me impacto, casi tanto como que para ser presidente de México debes estar casado. Mientras platicaba, se me quedó marcada una cita de Antonio Caso que apareció en El pueblo mexicano de Teveunam:

«México necesita tres virtudes cardinales para llegar a ser un pueblo fuerte: riqueza, justicia e ilustración (…) Volved los ojos al suelo de México, a los recursos de México, a los hombres de México, a nuestras costumbres y a nuestras tradiciones, a nuestras esperanzas y a nuestros anhelos, a lo que somos en verdad».
Historia general de México

Hoy lunes, mientras cruzaba los cuidadísimos jardines de mi condominio, me encontré con los basureros, pues aquí (a diferencia de España) recogen la basura con el sol en lo alto, quizá por el riesgo a asaltos durante la noche.

Recuerdo que durante la semana, una tarde (pues los mexicanos a partir de las 11:00 ya dicen “buenas tardes”, quizá por lo mucho que madrugan), mientras comía en la cafetería de la facultad (como hago de lunes a viernes) compartí mesa con un hombre que realizaba su servicio social (requisito para licenciarte en cualquier carrera) en la UNAM. Me preguntó, durante la plática, qué escritor español recomendaba; sin dudarlo, le mencioné a Juan José Millás. Al rato, hice yo lo mismo y me aconsejo la lectura de un tal Jorge Ibargüengoitia, escritor mexicano muy famoso por sus cuentos críticos e irónicos con la sociedad.

Mañana iré a ver una exposición de Ron Mueck (escultos australiano) en el Antiguo Colegio de San Ildefonso llamada “Hieperrealismo de alto impacto”. Les dejo el enlace, pienso que merece la pena: http://www.sanildefonso.org.mx/expos/ronmueck/

Apaño casero para impedir que
            el ordenador se caliente tanto.
                Arriba la cartulina de mis compañeros
               de clase de la Universidad de Alicante
Mientras espero a que se reinicie mi portátil, esta vez solo por segunda vez, veo la cartulina que regalaron mis cuates de Filología Hispánica de la Universidad de Alicante. Me resulta muy grato verlos sobre el fondo de la bandera de España, pues tengo ganas de verlos y compartir el futuro viaje de fin de carrera, hasta ahora sin destino. Las fotos de la orla ya se la están haciendo. Yo he mandado un correo a la empresa para negociar una fecha posterior.

Cada vez tengo más ganas de ver a mi familia y a mis amigos (la peña “El Portoncico”); aunque también menos de despedirme de todo lo que aquí estoy conociendo y aprehendiendo.

El lunes que viene es festivo, por lo que aprovecharemos el puente para ir a Morelos, donde un muy buen amigo mexicano nos ha invitado a mi carnal y a mí, junto a otros cuates del Atlético Colmillos, entre ellos el “capi” que no pudo asistir a la Feria del Mole, para visitar Tepoztlán y todo ese, para nosotros, desconocido estado.

Cuando ya terminé de escribir esta entrada para el blog, guardé (usando el pretérito como los mexicanos, únicamente con el tiempo simple) los cambios por si un nuevo apagón los borraba (para posteriormente añadir las fotos y videos y publicarlo en la red), y me puse a cenar unas quesadillas de pulpo (aprovechando los restos de la cena de ayer) mientras veía el canal que le sigue al de Teveunam, el 412, llamado Aprende. Este espacio estaba retransmitiendo un programa llamado “Historias de papel”, que me recordó mucho a uno que hacían en España llamado “Aquí hay tomate”, felizmente, no por el contenido, sino por el tomate rojo que aparecía en la esquina superior derecha de la pantalla, muy parecido al símbolo de este primero: una manzana. Acababa de empezar, y esta vez hablaban sobre un escritor mexicano muy famoso llamado Jorge Ibargüengoitia y uno de sus libros más famosos: La ley de Herodes. Enseguida me sorprendí, pues se trataba del escritor que me había recomendado aquel hombre en la cafetería. Sin dudarlo, le presté atención y me fue muy grato conocer las burlescas líneas de este intelectual, uno de los objetivos en mi próxima visita a las múltiples librerías de Ciudad de México.

viernes, 4 de noviembre de 2011

04/11/2011 MICHOACÁN (DÍA DE MUERTOS)

El día de muertos me fascinó. Viajar por pueblecitos purépechas (nombre de la lengua indígena que aquí se habla) tradicionales de todo el estado de Michoacán con una clase de arquitectura ─con las explicaciones de todos los monumentos que ello conlleva─, me ha hecho aprender muchísimo.

Reunión de los estudiantes de intercambio

La semana comenzaba con una reunión para los alumnos de intercambio. El martes a las 14:00 horas nos esperaban unas carpas montadas por la Dirección General de Cooperación e Internacionalización (DGCI) frente a los frontones 4 y 5 de Ciudad Universitaria (frente a la Facultad de Contaduría y Administración). Fue una muy buena ocasión para platicar con gente de todas las partes del mundo, disfrutar de unos juegos y actividades típicas y comer unas tortas. Además, para sorpresa de todos, nos entregaron las esperadas (y por momentos utópicas) credenciales. El 25 de octubre éramos oficialmente estudiantes de la UNAM (el 26 de noviembre terminan las clases de reposición, para recuperar los días perdidos por puentes y demás), aunque todavía tenemos problemas para sacar libros de la Biblioteca.

Al día siguiente pasó algo que era normal: comí algo que no me sentó del todo bien. Así que, después de clase, me acerqué a Servicios Médicos de la UNAM (frente a la Facultad de Arquitectura). No estaba enfermo, pero quería estar bien para el examen que debía hacer ese mismo viernes ─digo “debía hacer” porque finalmente no lo hice─ y para el puente de muertos. Aquí me pusieron una inyección y me dieron cita para el día siguiente, donde el doctor me recetó Penamox (amoxicilina): tres cápsulas diarias durante ocho días. Me trataron muy bien, tenía cita a las 17:00 horas y debía ir media hora antes para medirme, pesarme (he adelgazado 8 kg.), tomarme la temperatura, la tensión, el pulso, etc. El doctor, muy puntual, me hizo pasar a su pequeño cubículo, donde me preguntó por todo lo que había comido hasta la fecha. Al parecer unos tacos en la calle fue la causa de que una bacteria se instalara en mi estómago. Con el medicamento no habría pedo (problema); a los dos días, tras comer arroz blanco y pechuga de pollo a la plancha, estaba perfectamente. Aunque no para hacer el examen. El jueves en la clase de Literatura Española Medieval intentaron darnos un aviso. No obstante, la profesora es muy estricta y no permite que entre alguien a mitad. Más tarde, en la Biblioteca Central, mientras preparaba el examen para el día siguiente, me di cuenta de lo que quería decirnos aquel chico: había muerto un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras e iban a llevar a cabo una marcha en su recuerdo. De este modo, a últimas horas del día, a través de las redes sociales corrió la noticia de que la facultad permanecería cerrada al día siguiente.

Inauguración de las ofrendas a Borges en la UNAM
Así pues, el viernes tuve tiempo para preparar la maleta y dar una vuelta por las ofrendas dedicadas a Jorge Luis Borges que había en las islas (campus central) de Ciudad Universitaria. Cada año rinden culto a un fallecido relevante, el año pasado el protagonista era Edgar Allan Poe, y este el escritor argentino. Cada facultad, grupo o asociación preparaba los últimos detalles de los coloridos altares que se inauguraban aquella misma tarde. La música y el olor a mirra inundaba cada recoveco de la hoy especial universidad. Las catrinas y los múltiples y variados disfraces desfilaban gustosamente fotografiándose con todos los que así lo querían. Resultaba muy especial ver a tanta gente disfrutando mientras celebraba el regreso de los difuntos. Los mexicanos son muy creyentes, y este día es muy especial para ellos. Todo esto lo viviría de una manera mucho más tradicional en Patzcuaro (ciudad colonial del estado de Michoacán).
Itinerario del viaje

Disculpen la incoherencia en el texto, pero es la quinta vez que se apaga mi laptop (como llaman aquí al ordenador portátil) y debo escribir el texto una y otra vez, pues rara vez lo recupera íntegro o lo guardo con anticipación. Espero que aguante a España, pues quedarme aquí sin tal herramienta sería un problema.

Amanecer en Cuitzeo
A las 22:30, con treinta minutos de reraso por una manifestación que frenaba el tráfico en Avenida Insurgentes (una de las principales arterias de DF), llegaba el camión que nos llevaría a todos los lugares en aquellos cinco días. -En esta cultura, llegar tarde no es insólito; la sociedad, en lugar de decir por ejemplo, "quedamos a las 17:00", dice "nos vemos sobre las 17:00", porque las distancias y los problemas no siempre te ayudan con tus objetivos- Iba a ir con unos estudiantes de Arquitectura: pues una amiga de la Facultad de Filosofía y Letras que estudia Historia y está centrando su tesis en Historia del Arte (por lo que toma clases en tal facultad), me invitó a acompañarla. El examen del viernes me impedía seguir a mis amigos españoles, pues ellos en un principio marcharían el jueves. De este modo, viajar con los arquitectos era una muy buena oportunidad de visitar los mismos lugares que me planteé desde un primer momento, entre ellos el lago de Patzcuaro para vivir la esperada noche de muertos con la tradicional población del estado de Michoacán. Además, las pláticas y explicaciones del profesor Guízar, que nos acompañaría en todo momento, enriquecieron mi bagaje cultural. El precio inicial del viaje eran 1650 pesos (unos 100 euros), pero nos me encontré con un problema al subir al autobús: había más alumnos que asientos, por lo que tuve que viajar en el pasillo. Debido a esto, el precio descendió a 1000 pesos (60 euros), incluyendo los mismos servicios (transporte, alojamiento y visitas a todos los lugares). No me importó viajar tumbado durante las 5 horas que tardamos en llegar a Yuririapúndaro, el primero de nuestros destinos, pues concilié el sueño rápidamente y se me hizo muy corto el viaje. Les adjunto una foto del itinerario tal y como el profesor-guía lo confeccionó, aunque (como dice en la parte de abajo) estaba sujeto a cambios por imprevistos (que los habría como buen estado de México en el que nos encontrábamos).

Centro histórico de Morelia, con la catedral al fondo

Desayuné jugo de zanahoria y naranja, y una torta “casera” de pechuga de pollo. Digo “casera” porque compré unas pechugas de la carnicería del mercado y un pan casero a una señora que las vendía en una cesta y el de la taquería me asó las primeras en la plancha donde cocinaba los huaraches (tacos enormes) que mis compañeros tomaron. No me atreví a comer a las 8:00 esa comida tan pesada por mi reciente mal de estómago. La hospitalidad de la gente me permitió cambiar el menú. Ya con fuerzas, pudimos disfrutar de la visita al convento de Yuririapúndaro y de Cuitzeo, dos ciudades muy cercanas a Morelia, donde nos alojaríamos las cuatro noches siguientes. Tras instalarnos en las cuádruples habitaciones del Hotel San Miguel *** (muy céntrico), comimos en la antigua Valladolid (hoy Morelia). Un caldo de pollo y unas corundas (comida típica de Michoacán, basada en masa de maíz, muy parecidas a los tamales) fue mi elección en los portales del centro histórico. Tras atardecer, el guía nos enseñó la bella ciudad de noche, con las numerosas catedrales (al igual que Puebla) iluminadas. Tristemente, según nos explicaban, el turismo había descendido muchísimo en Michoacán debido a la mala fama que las noticias le habían impuesto. Esto, sin embargo, nos permitió desplazarnos con mucha facilidad. Morelia está construida como una mesa, con descensos en los laterales para que corra el agua en la época de lluvias (que felizmente terminó este mes de octubre). Además del antiguo nombre (Valladolid), es un lugar muy parecido a España. Vasco de Quiroga, un clérigo gallego que llegó a México con los conquistadores (en el siglo XVI), llevó a cabo la financiación de conventos, hospitales, catedrales e iglesias por todo el estado. De ahí que en cada plaza se alce una estatua de este conocidísimo personaje.

Callejón del romance
Al llegar al Callejón del Romance, una estrecha callejuela con poemas de amor a ambos lados donde los enamorados pasean entre los decorados antros escuchando música en vivo, nos sentamos en una terracita junto al famoso acueducto para cenar unas quesadillas. Cuando cae la noche, la temperatura hace lo mismo de forma considerable, por lo que hicimos bien el llevar una buena chamarra (chaqueta).

Acueducto y estatua emblemática de Morelia
Maquinaria del Museo del dulce
Después de descansar en una comodísima cama, el domingo por la mañana visitamos y recorrimos todos los edificios de Morelia, con su correspondiente explicación académica, por lo que puedo decir que conozco esta Valladolid como la palma de mi mano. Esto no hubiera sido posible sin un buen desayuno. Esta vez fuimos al Mercado de San Juan, a cinco cuadras del hotel. El jugo de naranja, el consomé y las quesadillas del tamaño de África me dieron energía para caminar hasta el Museo del Dulce. En este antiguo convento de monjas se fabricaban artesanalmente los dulces más famosos de Michoacán. Por 17 pesos (un euros), 12 con credencial de la UNAM (esta credencial es una joya), proyectaron un video muy interesante sobre México y la evolución del dulce acá, recorrimos todas las salas con las maquinarias y maquetas que te hacían trasladarte años atrás. Además, en la cocina, vimos el proceso de este exquisito manjar, el cual degustamos hasta la saciedad. El de membrillo fue mi preferido.

Sancho y Don Quijote en la Feria del Libro de Morelia
El “sargento” Guízar (con cariño, pues gracias a él aprendí muchísimo) nos dio la tarde libre; así que aprovechamos para visitar el Museo del Estado (donde había objetos de la conquista y explicaciones de Hernán Cortés), el Museo de Arte Colonial (con una exposición de pintura al oleo) y la Feria Nacional del Libro (que este mismo día finalizaba), en la Casa de la Cultura. Aquí comimos "por la gorra", pues tras ver los libros y explorar por el magnífico edificio, nos colamos en la azotea, donde tenía lugar la ceremonia de clausura. Como estos mexicanos son tan hospitalarios, nos invitaron a sentarnos con ellos y a comer caldo de frijoles con verdura, carne a la brasa y flan de chocolate como postre. Seguidamente, fuimos a una degustación de mezcal (que entierran durante seis meses en unas tierras húmedas especiales para que repose). Al salir de aquí, crucé la esquina y me encontré con mis amigos de España (¡qué pequeño es México!). Resulta que ellos rentaron un auto y estaban visitando Morelia aquel día. Como no tenían alojamiento todavía, pasaron la noche en nuestra habitación. Me alegré mucho de verlos, pues durante todo el puente los eché de menos, sobre todo a mi carnal.

Carnitas de puerco en Quiroga
A la mañana siguiente viajamos a Quiroga, donde desayunamos estupendas carnitas (carne de puerco salada y muy sabrosa). El kilo para cuatro personas nos costó 120 pesos (7,20 euros) y aguantamos con ello durante todo el recorrido que hicimos por Santa Fe de la Laguna (donde subimos al campanario de un hospital de Tata Vasco), Chupícuaro, San Jerónimo Purenchécuaro y Erongarícuaro. Nurio, a diferencia del resto de destinos, no me gustó. Era muy solitario, triste, oscuro y con mala vibra. Sin embargo, el convento de la plaza semejaba a un barco de madera y la decoración era impresionante. Al final del día nos dirigimos a Uruapan, donde había una feria y un tráfico horrible, por lo que no pudimos estacionar el autobús y regresamos al hotel.

Mural de Juan O´Gorman en
 Biblioteca de Patzcuaro
Como llegamos antes de lo previsto a descansar, adelantamos una hora la salida de la mañana siguiente. A las 07:00 ya estábamos bañados los cuatro integrantes de la habitación y con dirección a Patzcuaro, era la noche de muertos. Enseguida hice muy buenas migas con mis compañeros de habitación, me enseñaron muchas cosas y platicamos constantemente sobre las diferencias entre su país y el mío. A la hora de movernos por las distintas ciudades un chico muy simpático me cedió su asiento, pues él se reclinaba con su novia en la parte final del autobús. De esta manera, solo tuve que viajar tumbado en el pasillo a la salir y regresar de DF. Como adelantamos tanto la salida, nos encontramos con el embarcadera de “Las Garzas” cerrado, donde teníamos que agarrar una barca para llegar a la isla de Janitzio. No obstante, Guízar lo tiene todo planeado y fuimos a visitar Patzcuaro antes de cruzar el lago. El centro de esta ciudad está basado en una plaza con forma de mano, donde cinco dedos o calles comunican cada extremo. En esta plaza pude disfrutar de la "danza de viejitos" (les adjunto un video). En la parte inferior del itinerario se ve la planta de tal organización. Allí vimos la Casa de los 11 patios, un antiguo hospital comunicado por once espacios abiertos llenos de fuentes y jardines. Más tarde recorrimos el mercado de artesanías, donde compré una catrina. Para terminar, visitamos el antiguo convento de San Agustín, hoy Biblioteca, pues se exponía una colección de catrinas y había un mural de Juan O´Gorman ─el que diseñó la fachada de la Biblioteca Central de la UNAM─. Antes de subir al autobús compré un pan de muerto por 12 pesos (72 céntimos). Creo que me he hecho adicto a tal dulce. Se trata de un pan redondo con decoraciones en forma de cruz y una capa de azúcar que recubre la corteza crujiente (muy semejante a la tradicional mona de pascua). La semana que viene ya será imposible conseguirlos, porque solo los fabrican para estas fechas, así que debo proveerme.

Isla de Janitzio con los pescadores "mariposas"

Una vez que llegamos al embarcadero de “Las Garzas” subimos los 45 alumnos en una sola lancha. No tuvimos que esperar, pues los visitantes habían descendido considerablemente respecto a años anteriores. Cruzando las marrones aguas, vimos a unos pescadores; uno por cada barquita desplegaba unas redes en forma de mariposa para hacerse con el marisco que una vez en la Isla de Jantizio comeríamos. De aperitivo nos sirvieron unos pescaditos fritos llamados charales; la sopa de camarón estaba muy rica, y la mojarra también, pese a tener muchas espinas. Con el último bocado, empezamos a ascender por las angostas callas adoquinadas de la isla, teníamos treinta minutos para llegar hasta el mirador. Allí me encontré con mis amigos de España, Holanda, Chile… Pese a gozar de muy poco tiempo, me latió mucho verlos por allí. Se me hacía extraño estar cinco días de viaje sin ellos, pues hasta entonces no nos habíamos separado. Aunque me perdí las aventuras y anécdotas que ocasiona rentar un auto y recorrer las superautopistas mexicanas, conocí a gente nueva y me sumergí por unos días en el mundo de la arquitectura. De vuelta al embarcadero, disfrutamos del atardecer. El frío se hacía notar, y por ello nos trasladamos a Tzintzuntzan. Aquí cenamos y recorrimos los dos panteones, el convento de Vasco de Quiroga ─con unos olivos que el mismo trajo de la península en el siglo XVI─ y finalizamos nuestra estancia allí en el yacimiento arqueológico de la parte más alta de la urbe, donde se veían las estrellas a las mil maravillas. Hablando de estrellas, mi nueva compañera de departamento es astrónoma y viene de Veracruz, aunque pasó una temporada estudiando en Granada. Esta convivencia, con continuos cambios, me está enriqueciendo mucho; se aprende mucho al compartir algo más que una plática con culturas y costumbres distintas.
Panteón de Tzintzuntzan en la noche de muertos

Ofrenda a mis familiares
La noche de muertos me puso los pelos como escarpias. Estos mexicanos celebran una noche para los difuntos más jóvenes y otra para los adultos. Inundan los panteones y cementerios de laboriosas ofrendas, y no tienen reparo en pernoctar (con las bajas temperaturas que se alcanzan en Michoacán, sobre todo cerca del lago de Patzcuaro) junto a los altares de sus serse más queridos. Es una tradición muy antigua, anterior a la llegada de los españoles, por lo que no tiene nada que ver con el cristianismo. Estas costumbres y el sentimiento que tengo por los que ya no están conmigo, me animaron a hacer una ofrenda. Unas flores de cempaxóchitl (con un color naranja muy intenso) sirvieron de base, en el centro de la cual coloqué un pan de muerto, por cortesía de mi cuate mexicano. En las cuatro esquinas coloqué el nombre de mi abuelo y mis tíos. Un pez de madera para el primero (pues era carpintero y salía a pescar cada mañana de julio al espigón de Santa Pola) y un cigarrillo como muestra de su único vicio; una naranja para mi tío, pues es de Valencia, y un clavel rojo para mis tíos, ya que salían de Andaluces en las fiestas de mi pueblo. La leyenda dice que durante la noche de muertos las ánimas caminan sobre el lago de Patzcuaro y se reúnen con sus seres queridos, junto a las ofrendas, donde toman la esencia de los alimentos para conseguir la fuerza y energía hasta el año siguiente; es por esto, que al degustar las ofrendas con posterioridad, los alimentos no tengan el mismo sabor que a priori. Puedo asegurar (tal vez por la magia del momento) que esto es así.

A la mañana siguiente entregamos las llaves, recogí los 100 pesos de fianza del control de TV, y partimos hacia DF; no sin antes parar en Tlalpujahua, donde compré una caja de 12 esferas de Navidad por 45 pesos (menos de 3 euros). Esta empinada ciudad se caracteriza por el gran número de minas de oro y plata que posee, por lo que es especialista en la fabricación de tales adornos. Todos están hechos a mano y decorados de formas inimaginables.

Ya de regreso, tumbado en el pasillo de aquel autobús repleto de voluminosos souvenirs (estos mexicanos compran muchos recuerdos: serpientes de madera, cajas de mimbre del tamaño de una lavadora, sombreros mexicanos…), me di cuenta de que apenas me quedaba un mes en aquellas tierras. Me entristecí un poco. Esta está siendo la experiencia de m vida. No obstante, pensar en la cena de Nochebuena rodeado de mis familiares, y en la posterior salida con mis amigos de toda la vida por los bares de mi pueblo me alegró bastante.

Al regresar lavé la ropa, aunque mi maleta estaba casi vacía de tales harapos (cuando regrese a España dejaré toda la ropa a mi carnal y ocuparé la maleta con todo de lo que acá me estoy proveyendo). Cené salmón con patatas fritas, algo que se me antojó durante todo el viaje, mientras veía la clausura de los juegos panamericanos que se celebran en Guadalajara. México acabó cuarto, detrás de los todopoderosos Estados Unidos (más conocidos como gringos por estos barrios). Disfruté mucho durante aquel mes, pues varios canales retransmitían las 24 horas aquellas competiciones (algunas desconocidas por completo para mí).

El jueves no me costó demasiado volver a clase. Tenía ganas de reencontrarme con mis compañeros de salón y escuchar las pláticas de los doctores. Tampoco esta vez me tocó exponer el Libro de Alexandre. Los alumnos se toman las exposiciones tan en serio, que mientras se visten, decoran el aula y llevan a cabo la representación de su tema, se pasan las dos horas. Las clases de francés y de inglés ya están llegando a su fin, por lo que deberemos hacer una cena para despedirnos. Me encantan las cenas de clase, y echo mucho de menos las que hacíamos en Alicante; como aquel grupo de Filología no hay ninguno.

Mañana sábado he quedado con la profesora de Filología Hispánica I, pues es la directora de Medievalia y vamos a trabajar en ella.

Estoy enganchado al Pueblo Mexicano, sobre todo a la canción que cierra la serie. Les dejo un video para que la conozcan.

El próximo martes veré a Joaquín Sabina en el Auditorio Nacional, y el sábado siguiente haré lo propio con Fernando Delgadillo. Este domingo comienza la temporada taurina, y en el cartel aparece Enrique Ponce; solo asistiré de nuevo a la plaza más grande del mundo si viene José Tomás.

Los mexicanos (no todos, pero sí la mayoría) cierran sus frases (muchas de ellas anacolutos) con la muletilla “güey”; esto resulta muy curioso, pues parece que lo hagan a propósito. Por este motivo, quizá la librería Gandhi lanzó este comercial: “leer…, güey; enriquece…, güey; tu vocabulario, güey”.

lunes, 24 de octubre de 2011

24/10/2011 TORRE LATINOAMERICANA

No siempre se cumple lo que uno planea. Esta semana fue tranquila, ya que el viernes tengo un examen de Filología Hispánica I, la asignatura más importante de las que curso aquí. Sin embargo, pasar una tarde por el centro de Distrito Federal, reunirme con los compañeros de salsa o con mis amigos catalanes, me abstrajo por momentos de asimilaciones, refonologizaciones y metátesis.

Conferencia "Premio Nobel de Economía 2011"


El martes a las 12:00 horas, aprovechando que se había suspendido la clase de francés de ese día, me acerqué al auditorio Narciso Bassols, pues Carlos López Morales, Javier Galán Figueroa y Hugo Contreras Sosa, moderados por el director de la Facultad de Economía, Dr. Leonardo Lomelí Vanegas, hablarían del “Premio Nobel de Economía 2011”. Aunque, no entendí “el teorema de la tela de araña” y las fórmulas que netamente explicaban, me gustó ir para poder contarle a mi hermano, que estudió todo esto, lo que allí dijeron. Algo que sí que me quedó claro fue la causa que, según ellos, había llevado a Europa a la crisis global: la falta de decisiones financieras conjuntas tratando una misma moneda.

La clase de salsa fue un no parar, cada vez aprendemos más pasos, y aunque los nombres (“Deja que Roberto te lleve a nadar” por ejemplo) se me olvidan con facilidad, nos reímos muchísimo. Además, cada vez somos más; ya triplicamos los doce o trece que asistimos por primera vez al Auditorio Che Guevara. Después de bailar, fui con una compañera a dos de las librerías más importantes de México: Ghandi y Fondo de Cultura; ambas están repartidas por todo el distrito, y casualmente hay encuentran en la Avenida Miguel Ángel de Quevedo, muy cerca de mi departamento. Aquí hay libros de todo tipo (novelas, cómics, guías de viaje, poesía, teatro…) y puedes tomar algo mientras los hojeas.

Barrio chino
El miércoles después de clase fui con una amiga al centro. Pasamos por el Barrio Chino, lugar en el que no es aconsejable estar tras atardecer, para llegar a la Plaza de la Electrónica. Un sinfín de pasillos de no más de 2 metros de ancho se entrecruzaba zigzagueando por más de 4 cuadras, las infinitas luces te guiaban en tu búsqueda, pues vendían móviles, cámaras de fotos, computadoras, radios, televisiones, ipods, accesorios para autos… Una vez que mi compañera dejó su cámara en una de estas estrechas ventanillas para que arreglaran la lente por 400 pesos (24 euros), nos acercamos a la Torre Latinoamericana.

Eran las 18:00, por lo que el sol ya estaba cerca de ocultarse tras los volcanes que rodean esta vorágine defectuosa. Pagamos los 60 pesos (3,60 euros) que nos pedían para subir al piso 42 de aquel longevo edificio, durante mucho tiempo el más alto de Latinoamérica. Sin duda, valió la pena. Aunque no pudimos llegar a la azotea, pues estaba cerrada por mantenimiento, las vistas desde el mirador eran sobrecogedoras. Ver todo el DF desde esa altura, sin atisbar los límites de esta enorme metrópoli, te hace ver lo diminuto que eres.

Palacio de Bellas Artes desde
la torre Latinoamericana, justo
antes de que comenzara un
concierto en la misma puerta
Como nos pusieron una pulsera amarilla, podíamos subir a la torre todas las veces que quisiéramos durante ese día; así que, una vez que vimos la exposición de murciélagos del piso 38, y nos preguntamos el porqué de eso ahí, bajamos para ojear la feria del libro del zócalo. Pasamos por la Churrería del Moro una de las más antiguas de México, pero fuimos fuertes y continuamos nuestro camino; no sin antes entrar en Mumedi, un café-museo de artes plásticas y visuales, lleno de originales camisetas, posters y accesorios (con precios europeos). Caminar por México es difícil, son tantas las cosas que te llaman la atención ─además de los imprevistos con los que te encuentras─ que se demoran tus paseos, de ahí que haya olvidado el significado de “puntualidad”.

Apenas dimos una rápida vuelta por el foro de Adolfo Sánchez Vázquez de la Feria del Libro, compramos unas gorditas de La Villa por 10 pesos (60 céntimos), y nos dirigimos al Exconvento Teresa. Eran las 20:00 y estaba comenzando un concierto del cuarteto Latinoamericano. La impecable acústica de esta antigua iglesia nos hizo disfrutar del chelo y el resto de instrumentos de cuerda. Además de la música, una exposición de vanguardia visual presentaba la velada. Resultaba muy chistoso ver una mesa llena de botellas de Coca Cola vacías junto a un puerco pintado en la pared del exconvento. El mestizaje es brutal en todos los sentidos.

Vistas desde el piso 42

Antes de regresar a casa, decidimos subir de nuevo a la torre para ver la ciudad de noche. No parecía la misma que habíamos vislumbrado hacía ya 3 horas. El zócalo, con su prominente bandera, el Palacio de Bellas Artes, el Palacio Nacional y el Xipe Totec, un edificio que estaba iluminado como una tela de araña roja, te ensimismaban.
En blanco y negro, un mar de luces

El jueves, en la clase de Literatura Española Medieval, una parte de la clase expuso el Libro de Apolonio. Me llamó la atención ver a gente disfrazada, con cartulinas que representaban de forma muy original a los personajes de esta temprana literatura, e incluso tocando el violín. Estos mexicanos se dejan la piel en cualquier cosa, por mucha flojera que te dé; intentan cualquier cosa por hacer las cosas bien. Esta semana, el resto de compañeros y yo, expondremos el Libro de Alexandre. Esperemos estar a la altura.

A las 17:00 fui con mi compañero geógrafo a la Sala de Videoconferencias de la Facultad de Filosofía y Letras, junto al busto de Sócrates. Allí, Ernesto Priego dio una charla sobre Blogs. Durante más de dos horas estuvo platicando sobre los avances que posibilita esta herramienta en el aprendizaje y en el hecho de compartir información, que es para lo que sirve internet. Una de las ventajas que mencionó se me quedó grabada, pues al posibilitar esta plataforma presentar artículos y lecturas que los miles de estudiantes de la UNAM fotocopian ilegalmente (como muchas de las cosas que, tristemente, se hacen en esta República), se respetaría mucho más el canon y el copyright, además de salvar la vida de miles de árboles.

Por la tarde, en la clase de inglés debatimos sobre el significado de “what is he like?”, pues algunos mexicanos lo traducen mediante la asidua fórmula “¿cómo se ve?”, con el sentido de “¿cómo es?” (físicamente). El español y el castellano no son lo mismo, y, aunque un mexicano pueda entender perfectamente un libro editado en España y viceversa, las diferencias a veces se prestan a confusión. Por ejemplo, la primera semana que estuve en México una amiga me dijo “te ves fatal”; yo asentí, ya que es cierto que sin lentes no veo muy bien. Más tarde entendí que lo que ella quería decirme era que tenía mal aspecto, sin embargo, el continuo uso del reflexivo con el verbo “ver” todavía hace que me cueste entender algunas cosas.

Tras esta enriquecedora plática, fuimos a casa de un compañero de la facultad, en la Villa Panamericana (un condominio en el que cada anaranjado edificio de ocho plantas muestra en la fachada el nombre de un país de Latinoamerica). Allí estaban algunos de mis cuates del Atlético Colmillos y fue el preludio perfecto para lo que nos esperaba: la fiesta de los “pinches catalanes” (como ellos mismos denominaron en el evento de facebook al que nos invitaron), también en Avenida Universidad (donde yo vivo). Dejamos para otro momento la cena con los compañeros de inglés, pues muchos estaban fuera y no habían podido ir ese día al salón (aula), al igual que el día anterior se pospuso la cena con mis compañeros de departamento, pues mi compatriota recibió la visita de su familia. En esta lujosa mansión bailamos música muy distinta a la que solemos escuchar en México, era una fiesta peninsular, y se notaba. No muy tarde me fui a casa, el domingo debía estudiar.

Teveunam, el canal de televisión (411) de la Universidad Nacional Autónoma de México, estrenó el martes 18 una serie muy interesante sobre la cultura mexicana: El Pueblo Mexicano. Martes y jueves de 22:00 a 22:30 horas pasarán uno de los trece capítulos que recorren la historia de estas riquísimas tierras, explicarán el mestizaje ─no solo de españoles, indios y africanos, sino también de asiáticos, árabes, judíos… pues todas las razas y culturas se fundieron en una interesante simbiosis─, las costumbres, la geografía y la vida mexicana. Esta cadena se está convirtiendo en una de las más vistas en mi departamento, pues constantemente proyecta documentales sobre Charles Chaplin o Woody Allen (dos de mis preferidos), reportajes (sobre Gabriel García Márquez) y entrevistas (como a Miguel León Portilla).


Nos enviaron desde la Dirección General de Cooperación e Internacionalización, de la Oficina de Fomento a la Internacionalización de la UNAM (donde todavía no nos han dado la credencial), un correo para asistir mañana martes a las 13:00 a una reunión para los de intercambio (con tenis ─zapatillas de deporte─ lentes oscuras ─gafas de sol─ y bloqueador ─entiendo que será protector solar─, según se explicita). El miércoles, de nuevo, es la “noche de los museos”, por lo que quizá me acerque a ver la exposición (http://www.cultura.unam.mx/index.html?tp=articulo&id=3038&ac=mostrar&Itemid=103&ct=0&titulo=hipernoche-con-ron-mueck&espCult=antiguo-colegio-de-san-idelfonso) de Ron Mueck. Otra opción, la más plausible, es visitar la ofrenda de muertos y la exposición de alebrijes (especie de bichos gigantescos de papel y cartón que se presentaron este fin de semana en un tradicional desfile): http://www.elfinanciero.com.mx/index.php/cultura/46518.

De momento, vuelvo a las páginas del Manual de Gramática histórica, esperando que el viernes a las 22:00 parta en el autobús con destino a Patzcuaro, a vivir la tradicional noche de muertos mexicana.